Hola, los estamos invitando a participar en la jornada preparatoria a la movilización del 1ro de Mayo, el próximo lunes (lunes de pascua) en la Facultad de Química UTP desde las 10 AM. Llevar pinturas, materiales e ideas... Jornada de murales, música y canelazo. Los EsPeRaMoS!
El Primero de Mayo no es un día de fiesta o de descanso. Es un día para luchar contra el sistema capitalista, explotador y opresor, para ratificar nuestra decisión de luchar por una sociedad nueva, sin clases sociales, sin opresión del hombre sobre la mujer, sin racismo y sin países que dominen a otros.
“Es evidente además que los recursos del Estado trasferidos tanto a la Educación Superior como la financiación de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación son insuficientes[1]” LuisEnrique Arango, 5 de Mayo de 2010
En las últimas semanas la emisora de la universidad y la prensa han difundido insistentemente un mensaje acerca del “plan padrino”, programa destinado a frenar la deserción estudiantil y apoyar estudiantes de bajos recursos, vulnerables en su condición y posibles desertores.
Realmente, las preocupaciones de las autoridades educativas a nivel nacional con el asunto de la deserción son persistentes, porque el fenómeno es la manifestación más patente y esclarecida de algo más profundo: el desastre de las políticas neoliberales de privatización y elitización de la Universidad Pública, en el marco de la doctrina de apertura económica y flexibilización laboral impuesta por el imperialismo a través de préstamos y acuerdos con el Banco Mundial y el FMI.
Un análisis serio permite establecer que si la “revolución” educativa de Uribe Vélezesgrime como uno de sus mayores logros la ampliación de cobertura, el logro se convierte en catástrofe cuando aparece como consecuencia el deterioro en la calidad educativa, la crisis financiera de las instituciones y la deserción generalizada.
La táctica mediática del estado en la última década ha sido esconder la realidad con cifras: dicen que redujeron los homicidios a la mitad, de 30.000 a 15.000 anuales, pero nunca dicen que los cuentan de manera distinta y que el número de desaparecidos se triplicó en el mismo período. No hay menos muertos, ahora los esconden. Algo similar sucede con las estadísticas del DANE que bajan los índices de pobreza e indigencia cambiando las metodologías.
Con la supuesta cobertura universitaria la fórmula es más simple de lo que se cree: según Uribe hemos llegado a una cobertura del 31% en educación superior pero la mitad de esa cobertura se pierde pues el 48% de los que entran “no terminan”[2] de acuerdo a cifras del propio Ministerio de Educación Nacional. Es decir, la cobertura real y efectiva no dista mucho de la que había antes del reinado Uribe (23%) e incluso puede ser inferior.
¿Porque desertan los estudiantes? Esa es la verdadera pregunta. Aunque las autoridades de la UTP hablan de “múltiples factores” y de conceptualizaciones “complejas” que deben enmarcarse en amplias perspectivas de “responsabilidad social”, lo cierto es que en el meollo del problema hay un indicador determinante: factores económicos. Los estudiantes pobres no tienen dinero suficiente y el aumento progresivo en costos de matrícula ha crecido tanto como la supuesta cobertura. Para el caso concreto de la UTP las matrículas en carreras de Jornada Especial tienen hasta diez veces su valor mínimo en jornada diurna, sin distinción de estrato o procedencia social, y en carreras nuevas de operación comercial como Veterinaria la matrícula puede ser 10 o 20 veces más costosa que en carreras antiguas subsidiadas por el estado, llegando a cifras de varios millones de pesos que superan incluso las de universidades privadas. En todas las universidades públicas del país se ha repetido este modelo, con variaciones o especificaciones.
Además, la deserción aumenta conforme ingresan a las universidades los hijos del pueblo que han sido “educados” en el sistema público, un sistema que ha sufrido en los últimos años un deterioro gigantesco en su calidad. Entonces aducen las autoridades universitarias factores académicos y falencias en comprensión de lectura o destrezas matemáticas, cuando ello no es otra cosa que el resultado de la educación básica mediocre ofrecida gratuitamente a los hijos de los trabajadores, es decir, una consecuencia más de ser pobre: “La distancia que separa a un niño de quinto de primaria perteneciente a un colegio distrital de provincia de uno que tuvo el privilegio de acceder a un colegio bilingüe y privado en una ciudad, muchas veces es insalvable”[3]
El resultado entonces es una universidad con relativo fácil acceso pero donde es muy difícil mantenerse. La responsabilidad estatal es muchísimo más grande de lo que parece, porque mientras las clases dominantes se llenan la boca con sus índices de cobertura, por detrás desmantelan el sistema público universitario, dejándo que naufrague con sus deudas y brechas financieras. Y es que a la burguesía los pobres sólo le importan cuando se puede hacer negocio con ellos: en este caso, sostener un sistema de Universidades Públicas con dineros estatales es un pésimo negocio; mientras que ofrecer productos privados de educación, proyectos de investigación e innovación, servicios de consultoría a empresas o entidades privadas son negocios rentables y prósperos, que prometen convertirse en toda una veta de inversiones para el gran capital imperialista en la nueva “sociedad del conocimiento”. No es coincidencia que gigantescos monopolios como la Bayer posean sus propias universidades, o que Harvard y Oxford sean empresas multinacionales de la educación.
En ese sentido van dirigidas las políticas de privatización del sector público – no sólo Universitario – que incluyen hospitales, empresas estatales o recursos naturales y energéticos adelantadas servilmente por los gobiernos de los países oprimidos durante los años 90: todo consiste en abrirle la puerta al gran capital transnacional para que extraiga ganancias de sectores o regiones donde antes no podía hacerlo. La salud, que antes se consideraba un derecho humano fundamental (“obligación” del Estado), hoy es un lucrativo negocio en manos de unos cuantos monopolios.
El costoso precio de la privatización universitaria lo pagan las familias del pueblo. Además, la situación llegó a un punto en exceso escandaloso, que obligó a las autoridades de la UTP a cacarear todos sus esfuerzos contra la deserción por la radio y la prensa: casos de suicidio entre estudiantes de bajos recursos que no pudieron continuar sus estudios. ¡¡Los desertores se suicidan!!
Los informes del rector no muestran avances significativos en esta batalla. No es posible revertir una tendencia social y económica anclada en las condiciones de miseria y atraso del país, con simples paliativos coyunturales como bonos de transporte o charlas de motivación. La irrisoria reducción de la deserción de 0.75% lograda en 2009[4] no sobrepasó ni siquiera el punto porcentual que se había propuesto.
Las soluciones que la Universidad ofrece al problema son tan exóticas como ridículas: charlas de un conferencista japonés llamado Yokoi Kenji donde enseña a tener una “vida con propósito” y repite aquella babosada de que Colombia es el segundo país más feliz del mundo. Banquetes humanitarios de la élite pereirana con el objetivo de recoger los fondos que el Estado no gira para los estudiantes del pueblo. Talleres sobre la “importancia de la salud mental”, para que los primíparos no se suiciden, etc., etc., etc.
Pero el Estado ofrece otras “soluciones” efectivas, frías y calculadoras como el miso capitalismo: créditos del ICETEX para endeudar jóvenes que aun no saben si serán algún día profesionales. La solución estatal no tiene nada de original ni es exótica, simplemente va acoplada con la biblia neoliberal que proclamó hace varias décadas su doctrina de subsidiar la demanda y no la oferta: lo que significa acabar con la oferta pública de universidades y abrirle paso al capital financiero con sus créditos para los que demandan educarse. Para los que creen que el imperialismo es cosa del pasado, vale la pena recordar que el nuevo ICETEX se engordó en 2002 con un empréstito que la nación hizo con el Banco Mundial por 200 millones de dólares[5].
Pero la noticia más asquerosa y maloliente ha sido aquella de los “padrinos”. Los “caritativos” y “filántropos” empresarios y burgueses otorgan donaciones y asisten a banquetes de la alta alcurnia para recoger limosnas que financien la educación de los estudiantes pobres, los mismos que se están suicidando. ¡Y detrás de ello está el silencio del Estado colombiano y de las clases dominantes que se mantienen y sostienen gracias a la despiadada brecha social entre ricos y pobres, la más grande de América Latina!
Una visión ingenua se dejaría engañar por la filantropía y las buenas intenciones de las señoras encopetadas o los egresados que han regalado dinero para los estudiantes pobres. El problema de fondo es la decadencia absoluta, la catástrofe de un sistema educativo que cierra sus puertas al pueblo, cada vez más alineado con los intereses del imperialismo y el capital. Es la misma catástrofe que este sistema social representa para el pueblo en todos sus aspectos.
“La vida es una cadena de servicio, todos algún día recibimos apoyo y estamos obligados a devolverlo a la cadena. Solo así sobrevive la sociedad”[6] dice el rector Arango. ¿Y los 7,9 millones de indigentes que en este país se mueren lentamente en las calles?, ¿Y los 4 millones de desplazados por la violencia reaccionaria en los campos?, ¿Y el 66% de la gente que viven del rebusque y la economía informal? La caridad cristiana no ofrece ninguna solución a los problemas: al contario, deja indemne la estructura de injusticia, no la cuestiona, ofrece limosnas para unos cuantos al tiempo que perpetúa la miseria de millones. Una demostración real de querer ayudar a los estudiantes sería detener la ejecución de las políticas que los expulsan de las universidades. Pero no, ellos muy juiciosos hacen la tarea que les han impuesto sus amos, aplicando la receta neoliberal con la frialdad de un asesino. Después se llenan la panza en sus banquetes y dan declaraciones compungidos cuando son los directos ejecutores del crimen.
Como “grandes” académicos e intelectuales ilustrados, copian sus discursos de los pensadores e ideólogos europeos y norteamericanos. Sin embargo, durante el banquete organizado por la universidad para recoger limosnas entre la burguesía pereirana, el rector dijo una cosa original: “Nadie es responsable de nacer en un hogar pobre o alejado de los sitios donde están las Universidades”[7]. Es cierto, los pobres no tienen la culpa de su pobreza. ¿Quiénes son los responsables? Helos aquí mismo, dando discursos humanitarios.
Ya es hora de que el pueblo los llame para pedirles cuentas por todos sus crímenes, por todo el dolor, por toda la violencia y la miseria que han sembrado entre nuestra gente.
[1]Intervención del Rector de la U.T.P. Luis Enrique Arango en el foro “Los retos de la educación superior en el nuevo plan nacional de desarrollo” el 5 de mayo de 2010 en Bogotá
[2] “El 48% de quienes entran a la universidad no terminan lacarrera”,El Tiempo, 3 de Junio de 2009
[3]“Deserción universitaria”, El Espectador, 5 de junio de 2009
[4]Informe del rector Luis Enrique Arango al Consejo Superior, 15 de Diciembre de 2009.
El 16 de Marzo de 1781 en el Socorro (Santander) una turba enfurecida se levantó contra los abusos y oprobios de la dominación colonial. Manuela Beltrán, mujer humilde y aguerrida, arrancó e hizo añicos el edicto que anunciaba los nuevos impuestos de la corona española; con ese acto iniciaba la revuelta más fuerte y generalizada contra el dominio español en la nueva granada, No superada en brazos siquiera por la guerra de independencia.
La rebelión de los comuneros, encabezada por José Antonio Galán, caudillo de origen popular y piel oscura, fue parte en la oleada de luchas anticoloniales que recorrieron América a finales del siglo XVIII, como la insurrección andina de Túpac Amaru, la independencia de Norteamérica y la revolución Haitiana.
Para la historia de las luchas populares en Colombia, la revolución de los comuneros deja muchas lecciones que debemos aprender: la importancia de un programa revolucionario, el papel de una dirección radical y la necesidad de conservar independencia en la lucha.
Diferencias y similitudes
Si bien no se puede hablar de “programas” o “plataformas” de lucha para el siglo XVIII, es palpable que existieron diferencias de intereses entre los distintos levantamientos anticoloniales de la época, y de hecho varias líneas marcaron la lucha por caminos distintos. Hubo múltiples revueltas e insurrecciones a lo largo y ancho de América, pero los motivos fueron muy disímiles, así mismo los alcances del movimiento.
La independencia Norteamericana fue básicamente una revolución burguesa que pugnaba por liberarse del control inglés y formar una nación propia que defendiera los intereses de los nuevos comerciantes, terratenientes y fabricantes blancos Yankees. Las luchas indígenas como la insurrección de Túpac Amaru en los Andes o de los indios Wayúu, en la Guajira y los Paeces en el Cauca, pugnaban por autonomía frente al poder español y se marcaron por ser luchas de resistencia, que buscaban impedir la “demolición” de los resguardos y territorios indígenas. Algo diferente sucedió con los palenques, territorios autónomos de esclavos fugados que lucharon por sobrevivir independientes del poder colonial, de acuerdo a sus costumbres y formas de vida originarias de África. Abolieron la esclavitud en los hechos.
La revolución Haitiana fue tal vez la más radical de todas, pues extirpó definitivamente la dominación europea, liberó los esclavos e intentó fundar una república. En Haití, donde el 90% de la población era negra y esclava, se abolió definitivamente la esclavitud y fue el primer país de América en hacerlo, comenzando apenas el siglo XIX.
La revolución de los comuneros por su parte, aunque fue ahogada en sangre, tuvo destellos muy avanzados en su tiempo: repartir la tierra entre los indígenas y campesinos, liberar los esclavos negros y extirpar el dominio español, sólo la última de estas tareas fue realizada por la “gesta” independentista de 1810 – 1819. En ese punto la revolución de los comuneros se diferencia del resto de insurrecciones andinas de su época e incluso del proceso de tres décadas más tarde: tomó en cuenta a los tres actores sociales más importantes de la vida colonial: indígenas, esclavos y campesinos criollos pobres.
Un líder revolucionario
La revuelta hizo coincidir – en la lucha contra los impuestos – a dos sectores que tradicionalmente eran antagónicos dentro de la vida colonial: las clases populares y la aristocracia criolla de terratenientes y comerciantes. Los amos criollos usualmente se aprovechaban del descontento popular para capitalizarlo a su favor y presionar a la corona española, usando a los desposeídos como carne de cañón para luchar a favor de los intereses de los poderosos.
Las tendencias de la rebelión eran variadas, y algunos de sus “comandantes” – criollos notables y acaudalados – declararon más adelante haber sido “obligados” por el pueblo a ponerse al frente de la insurrección. Todas las clases sociales y sectores esperaban sacar beneficio de la revuelta; con lo que no contaban los gamonales y terratenientes era con que los pobres lograran hacerse a la cabeza del movimiento y tomaran el rumbo en sus manos. Como anota Indalecio Lievano Aguirre:
“las multitudes comuneras presionaban a sus jefes para que organizaran seriamente la sublevación y de la entraña del pueblo brotó el grito decisivo: ¡A Santafé! Fue ésta la consigna que espontáneamente se dio el pueblo en momentos en que sus jefes, representantes de la oligarquía criolla, sólo pensaban en servirse del temor que podían ocasionar a las autoridades los sucesos del Socorro, para conseguir ventajas personales y dirimir sus litigios con los peninsulares [españoles].”[1]
En esta ocasión el descontento de la masa parecía no tener límites y rápidamente comenzó a desbordarse y “salir de control”. Lo más peligroso, tanto para los criollos como para los españoles, fue la aparición de una figura que desbordó el movimiento y no aceptó la voluntad de los criollos ricos: el “pardo”[2] José Antonio Galán, un hombre instruido pero de origen humilde que tenía claros los intereses de las clases populares y que estuvo dispuesto a defenderlos hasta el final; el mejor ejemplo de ello fue su inspiradora y radical consigna: “¡Unión de los oprimidos contra los opresores!”
La lucha interna entre los sublevados no se hizo esperar, y los ricos notables de la región aprovecharon el primer momento que tuvieron para renegar de la rebelión y negociar con los españoles. La corona, que no tenía ni la mitad de combatientes de los que tenían los comuneros y temía que los sublevados de la provincia del Socorro entraran en contacto con los indígenas de los Andes que también se habían rebelado, aceptó la negociación en las llamadas “capitulaciones de Zipaquirá”. Se vio obligada a negociar, a engañar al pueblo porque de lo contrario la autoridad española podía ser fácilmente aplastada militarmente. Sin embargo y a pesar de las “capitulaciones” la revolución se abría paso:
“Comenzó entonces uno de los más espléndidos espectáculos de nuestra historia. De las villas, las aldeas y las campiñas brotaron millares de personas, armadas de palos, viejos fusiles o instrumentos de labranza, que a lo largo de caminos y veredas se encaminaron a los acantonamientos principales de la masa comunera. Lo que en un principio fue delgada fila de insurgentes se convirtió pronto en inmensa avalancha humana, sobre la cual flotaba, como una bandera, el sordo rumor de las quejas nunca oídas, de los sufrimientos no comprendidos de los desheredados, de las viejas frustraciones de un pueblo que marchaba, en apretadas montoneras, en busca de su destino. El río de la revolución acrecentaba su caudal con las aguas de millares de riachuelos tributarios.”[3]
Galán y el ejército de desposeídos que le seguía no aceptaron la capitulación y continuaron con la lucha, encabezando el ala más revolucionaria de la sublevación, es allí y sólo allí, cuando el pueblo decide tomar el destino en sus manos que podemos hablar de una revolución de los comuneros. Los criollos ricos que al principio se habían aprovechado de la situación traicionaron a Galán sabiéndolo una amenaza y lo dejaron sólo. Más adelante participarían de su juzgamiento y ejecución.
La marcha comunera, que según relatan las crónicas de la época sumaba masas de campesinos, indios y esclavos por donde pasaba, avanzó desde el Socorro con el objetivo de sitiar la capital y tomó las poblaciones de Las Cuevas, El Roble, Guaduas, Mariquita, Honda, La Mesa y Purificación (Tolima). Galán proclamó en Mariquita – entonces extensa zona minera – la libertad de los esclavos, un hecho sumamente revolucionario entonces en América, que rápidamente corrió de boca en boca y produjo sublevaciones en otras zonas mineras como Antioquia. Repartió las tierras de los latifundistas y convocó a los indígenas en Facatativá para que se unieran a la lucha y recuperaran sus resguardos. Se sabe que los Muiscas participaron ampliamente del movimiento y que levantaron reivindicaciones propias[4]. La dirección que Galán le imprimió al movimiento solucionar las bases profundas de la dominación colonial: la esclavitud, el problema agrario y la autonomía indígena. Fue un caudillo dispuesto a llevar la lucha hasta las últimas consecuencias; la victoria o la muerte, y así se verificó su derrota y su ejecución a mano de las autoridades reales.
Finalmente fue capturado y apresado, y la revuelta brutalmente reprimida. El primero de febrero de 1782 José Antonio Galán fue ejecutado, con el beneplácito de los criollos ricos que se habían beneficiado inicialmente de la insurrección. Su cuerpo fue descuartizado y los miembros colgados en las plazas de los pueblos insurgentes, como escarmiento a la población rebelde. La cabeza fue llevada al Socorro, el poblado que originó la revuelta.
Enseñanzas históricas
La revolución comunera está cargada de lecciones que bien pueden aplicarse a todas las luchas de envergadura importante posteriores en Colombia, comenzando por la guerra de independencia hasta nuestros días: la importancia crucial de aspiraciones y metas radicales, y de una dirección radical y revolucionaria.
Esas son sus falencias, y la principal de ellas fue la confianza excesiva del pueblo en los terratenientes y gamonales criollos, que no solamente abandonaron la lucha sino que traicionaron a Galán, lo que le costó la vida: este suceso que puede mal interpretarse como una simple eventualidad histórica revela de fondo profundas deficiencias en la organización popular porque demuestra que no estaba en capacidad de fundarse aun como un bloque propio y autónomo, independiente de las clases opresoras y capaz de erigirse como gobierno propio. Todo el mando principal de la revolución comunera estuvo en manos de terratenientes y notables criollos, no en manos de indios, negros o campesinos. Galán pagó muy caro el precio de su doble rebelión: rebelarse primero contra las autoridades españolas y luego contra sus jefes criollos que negociaron la insurrección.
La enseñanza enorme de la revolución comunera y de la figura de José Antonio Galán radica allí, en sus grandes alcances y también en esa carencia originaria que le costó la derrota: el pueblo debe sobreponerse a su destino, tomar la lucha en sus manos y llevarla siempre hasta las últimas consecuencias defendiendo sus intereses más elevados: acabar de una vez con la opresión y la explotación; pero debe hacerlo con independencia de los demás sectores y confiando siempre en sus propios medios y métodos, de lo contrario empeñaría su destino y su libertad en manos de sus verdugos, y repetiría la historia de 200 años de república: poner los muertos para que los opresores canten las victorias.
Si el pueblo no dirige e ilumina sus luchas, estarán perdidas de antemano. Por eso gritamos hoy con la memoria de José Antonio Galán y su ejército de comuneros: ¡Unión de los oprimidos contra los opresores!
[1]Indalecio Lievano Aguirre, “Los grandes conflictos económicos y sociales de nuestra historia”, cap.16
[2]“Pardos” era la denominación que recibían las personas de piel oscura – negras o mestizas – lo que denotaba su origen popular.